Viajar al este de Finlandia siempre me produce una sensación de volver atrás en el tiempo. La región de Kainuu, con sus lagos interminables y bosques que parecen no tener fin, es uno de esos lugares donde la naturaleza sigue marcando el compás de la vida. Y entre todos sus rincones, Kuhmo tiene algo especial: una mezcla única de tradición cultural y contacto directo con lo más salvaje que ofrece Finlandia.
La primera vez que escuché hablar de Kuhmo fue por el runolaulu, ese canto ancestral que durante siglos resonó en estas tierras. Aquí, entre aldeas de madera y espesos bosques, se recitaban los versos que luego formarían el Kalevala, la gran epopeya nacional. Tuve la suerte de visitar el centro Juminkeko, dedicado a preservar esta tradición. Sentarse a escuchar aquellos cantos, hipnóticos y repetitivos, es como abrir una puerta a otro tiempo. Por un instante, uno se imagina a los antiguos cantores entonando historias de héroes y espíritus en medio del silencio del bosque.
Kuhmo es también un paraíso para los amantes de la pesca. Aquí el agua está en todas partes: ríos, arroyos, lagos grandes y pequeños. Una mañana, decidí probar suerte en el Ontojärvi, con una caña prestada y mucha más ilusión que experiencia. No pesqué nada memorable, pero lo cierto es que en Kainuu la pesca es casi una excusa para estar allí, junto al agua, viendo cómo el sol se refleja en la superficie y escuchando el batir de las alas de un cisne al levantar el vuelo. Y si la suerte acompaña, nada como preparar el pescado fresco en un ahumador improvisado y disfrutarlo con calma.
Los alrededores de Kuhmo ofrecen rutas de senderismo que invitan a perderse, en el mejor sentido de la palabra. Uno de los lugares que más me impresionó fue la reserva de Elimyssalo, un mosaico de bosques y turberas junto a la frontera rusa. Allí caminé horas sin ver a nadie, salvo algún alce a lo lejos y el vuelo rápido de un pájaro carpintero. En verano, el suelo se llena de arándanos; en otoño, de setas. La sensación de caminar por un paisaje tan intacto es difícil de describir: todo parece silencioso, pero al mismo tiempo lleno de vida.
Pero si hay algo que marca la visita a Kuhmo, es la posibilidad de observar al oso pardo. Reservé una noche en uno de los refugios de observación instalados en el bosque. La experiencia comienza con una larga espera en silencio. Afuera, la luz del atardecer se convierte en penumbra, y los sonidos del bosque parecen amplificarse. Cuando finalmente apareció el primer oso, enorme y majestuoso, el corazón me dio un vuelco. Se movía despacio, seguro de sí mismo, como dueño del lugar. Verlo en libertad, a pocos metros de distancia, es una experiencia que se queda grabada para siempre.
Cada vez que pienso en Kainuu, recuerdo Kuhmo como un lugar donde lo antiguo y lo natural conviven en equilibrio. Desde el runolaulu hasta las noches de espera en un escondite de madera para ver osos, todo aquí habla de raíces profundas y de una relación muy íntima con la tierra. No es un destino turístico al uso: es un espacio donde uno se siente pequeño frente a la naturaleza y, al mismo tiempo, parte de una historia que viene de muy lejos.
Quizás por eso, cuando cierro los ojos y me imagino de nuevo allí, lo que me llega es una sensación de calma, de tiempo suspendido. Kuhmo es uno de esos lugares que no solo se visitan: se llevan dentro.